Tiene que esperar a estar sola para ahogarse en su odio a sí
misma, sabe que de otra manera haría daño a los que se encuentren más cerca,
como un proyectil sin rumbo que impacta en el primer objetivo en movimiento,
dejando a su paso ríos de destrucción masiva, dolor y sangre.
En el hastío de su soledad ya no hay misiles, porque ella no
se mueve, permanece sentada, sin pestañear, sin respirar, oyendo los ecos de
sus silencios que le gritan por dentro y que nadie más oye.
Se pregunta por qué sólo en estos momentos aparece toda la
rabia que lleva dentro, y aunque lo sabe, las respuestas no son lo que ella
espera. Exprimiendo sus ideas llega a la conclusión de que es culpa suya, de
que todo lo que le sucede es fruto de un tropiezo tras otro, de que las piedras
que encontró por el camino las fue poniendo una a una, ella misma y sin ayuda.
Y no, esto no es lo que quiere saber, quiere ir más allá, saber por qué las puso,
y por qué se sorprende al tropezar como una ignorante.
Se siente sucia, por el barro de su ropa, haciéndose una
pasta de incertidumbre tras sus pasos polvorientos.
No puedo explicar con palabras por qué hoy hablo de ella en
tercera persona, creo que no la reconozco, que se ha alejado de mí hasta ese
punto sin retorno del que nadie sabe cómo volver. Se está dejando llevar, y se
está dejando ir, como el polvo que hace que un camino de tierra sea eso y no
otra cosa. Llega el viento y el polvo se pega a él buscando un futuro mejor, y
aunque el camino sigue ahí, le falta algo, le falta lo que le hará cambiar para
siempre, le falta lo que marcará la diferencia en unos cuantos años.
Pero ella sigue sin verlo, atada de pies y manos y ahogada
en su odio y su rabia, presa del viento que la lleva a otros caminos desiertos
que no conoce. El viaje a veces puede parecerle divertido, pero no lo es,
viajar sin rumbo es cualquier cosa menos divertido.
No le gusta no saber dónde dormirá mañana, y no descansará
hasta que pueda declarar finalizada la guerra, marcar un punto y final en una
etapa y nacer de nuevo, con la sorpresa de cada paso, con la ignorancia y la
ilusión que supone tener un rumbo que se prevé especial, distinto a cuantos
otros haya tenido la suerte o mala suerte de hacer suyos.
Un viaje infinito hacia el estado de conciencia más sereno,
sin bombas, sin dolor, sin sangre.